París bien vale una misa - Pere Navarro

Es curioso ver cómo antiguos votantes comunistas creen que la victoria de la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, los va a proteger de la explotación de las clases dominantes

A una semana exacta de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Francia y una semana después de la primera vuelta, ya han corrido ríos de tinta analizando los resultados de esa primera vuelta, haciendo pronósticos para la segunda e, incluso, extrapolando los datos en unas futuras elecciones en España o haciendo lecturas interesadas de las diferentes candidaturas de las primarias del PSOE.

En este contexto me viene a la cabeza la frase “París bien vale una misa”, que, según dicen, pronunció Enrique de Borbón en 1593 al abjurar de su fe protestante para abrazar el catolicismo que le facilitaba ser coronado rey de Francia con el nombre de Enrique IV. Una actitud que podríamos definir como extremadamente pragmática por ser suaves en la definición.

Creo que los dos candidatos que han pasado a la segunda vuelta, Le Pen y Macron, cada uno en su estilo, han abjurado de la fe que practicaron en tiempos pasados para presentarse como algo nuevo, sin ataduras ni herencias indeseables. Realmente la situación es curiosa y digna de un profundo análisis sobre el comportamiento del electorado francés que, por otra parte, tiene una larga tradición democrática.

La primera paradoja es el voto de sectores muy empobrecidos que, frente a una globalización que no entienden ni les gusta, creen que el ultranacionalismo de Le Pen y su paternalismo son la fácil solución a sus problemas. Es curioso ver cómo antiguos votantes comunistas abrazan ahora esta nueva religión creyendo que la victoria de la candidata del Frente Nacional les va a proteger de la explotación de las clases dominantes cuando en realidad sus políticas, más allá de los gestos publicitarios, estarían mucho más cerca de las élites dominantes, véase Trump, que de los más necesitados.

La segunda paradoja es observar cómo alguien que entre 2012 y 2016 fue secretario general adjunto de la Presidencia de la República y ministro de Economía, Industria y Nuevas Tecnologías, todo ello bajo la presidencia de François Hollande, pueda aparecer como un político “nuevo” sin mácula y sin el desgaste de haber participado de una acción de gobierno pésimamente valorada por la mayoría de franceses. 

En el momento propicio, Emmanuel Macron fundó un movimiento, más que un partido, tan personalista que las iniciales del movimiento En Marche corresponden también a su nombre y apellido. Con una ideología muy desdibujada pero con mucho marketing e imagen.

La tercera paradoja es que, frente a los que aparecen como voceros del tan anunciado fin del bipartidismo, las cifras continúan afirmando que en Francia, como en España, existen dos bloques de tamaño muy parecido y que responden, en un sentido amplio, a las derechas y a las izquierdas con todos sus matices. La suma de los votos de Le Pen y de Fillon nos da un resultado de 41,3% mientras que la suma de Macron, Mélenchon y Hammon nos da un 49,4%. Considerando que algunos electores de la derecha moderada pueden haber votado a Macron vemos que los dos bloques son prácticamente iguales.

Pero, a pesar de todo, si yo fuera francés votaría el europeísmo de Macron y le pediría a Mélenchon que no flirteara con la extrema derecha ultranacionalista con su aparente neutralidad.

Pere Navarro, 2 de maig de 2017, El Siglo