¿Mosca cojoqué? Contra la pretenciosidad en filosofía (Manuel Cruz)

Me da la sensación de que algunos filósofos andan inmerecidamente subiditos, como si el reconocimiento público de las indudables bondades de la tarea filosófica los hubiera elevado

Que los filósofos tengan gran parte de razón en un asunto determinado que afecta a toda la sociedad no significa que la vayan a tener siempre en cualquier asunto que aborden. Me da la sensación de que algunos de ellos andan inmerecidamente subiditos de un tiempo a esta parte, como si el reconocimiento público de las indudables bondades de la tarea filosófica los hubiera elevado, y además en exclusiva, a un rango —no estoy seguro— justificado.

No creo que haga falta a estas alturas reivindicar la importancia de la filosofía en todos los ámbitos y, en consecuencia, la ineludible urgencia de reintroducirla de manera plena y satisfactoria en los nuevos planes de estudio de bachillerato (asunto en el que, afortunadamente, parece haber consenso entre las fuerzas políticas de este país sin excepción: ahora solo queda que sean capaces de materializarlo). Pero como no es ese ámbito el único en el que la filosofía está presente, sino que también desarrolla su actividad en otros, más abiertos y no especializados, tal vez convenga decir algo acerca de la manera en la que algunos de los profesionales de la cosa gustan de presentar ahí su propio saber.

El conocido lugar común según el cual la filosofía está para plantear preguntas y no para proporcionar respuestas (lugar común que requeriría de algunas precisiones para evitar que la figura del filósofo terminara identificándose con la de un estéril escéptico incapaz de hacer aportación positiva alguna), con frecuencia es reformulado por algunos de una manera más coloquial y castiza afirmando que la filosofía debe actuar como "una mosca cojonera", afirmación a la que suele seguir la especificación de a quién pertenecen los testículos que el insecto se dedica a picotear: pueden ser los del poder, pueden ser los de las opiniones establecidas en la sociedad, pueden ser los del sistema (sea esto lo que sea), pueden ser los del pensamiento único, o de lo que se considere merecedor de ser incordiado en cada momento.

Pero la verdad es que, puestos a hacer de mosca cojonera de la mosca cojonera, no tengo tan claro que la mera proclamación por parte de alguien de lo que le gustaría ser le convierta en el mundo real, automáticamente y sin más, en aquello que proclama. Se echa a faltar en esta identificación de ciertos profesionales de la filosofía con el díptero en cuestión un poquito de humildad. En primer lugar porque no se alcanza a ver por qué razón tendría que poseer la filosofía el monopolio del incordio que se le atribuye a las moscas de la mencionada especie. En ningún lugar está escrito —más bien al contrario, constituiría una pretensión de todo punto injustificable— que el discurso de la filosofía detente la exclusiva del cuestionamiento del poder, de las opiniones establecidas, etc.

Aunque tal vez donde más se echa a faltar la humildad de este tipo de filósofos sea en el desenvuelto convencimiento que manejan de que su tarea alcanza sin mayor dificultad ni obstáculo el objetivo previsto, como si no hiciera ninguna falta acreditar el efectivo valor del resultado, como si no existieran estándares establecidos para hacerlo o, por decirlo de otra manera, como si les bastara con abrir la boca y soltar la primera ocurrencia que se les viniera a la cabeza para materializar con éxito el propósito que les anima. Pero parece evidente que, si se me permite continuar estirando la imagen, no toca los c... el que quiere, sino el que puede. Lo que significa: el que dispone de ideas fundadas, argumentadas, reflexionadas y, de ser posible, sometidas previamente, ellas mismas, al cedazo de la crítica de la historia (no por inane y escrupulosa erudición, sino porque sería un pésimo negocio para la inteligencia desperdiciar el capital teórico de lo que tantos pensaron —y pensaron tan bien por cierto— antes de nosotros).

Pero es que, además, el test último de que se ha alcanzado el objetivo, de que el resultado obtenido posee algún valor, no lo determina el crítico. Es el criticado quien le hace saber a aquel que se ha visto afectado por la crítica, quien, por perseverar en el paralelismo por última vez, informa a la mosca de que su empeño ha conseguido afectarle, diciéndole precisamente: "no me toques los c...". Pues bien, la verdad es que aquellos que se ven con mayor frecuencia criticados por este orden de filósofos no suelen decir ni eso ni nada, lo que me mueve a una consideración final.

Hace un tiempo, un pensador de este país con el que suelo estar de acuerdo en lo fundamental escribía, dirigiéndose imaginariamente a esos profesionales de la filosofía que gustan de atribuir la marginación de su disciplina en los planes de estudio al miedo cerval que ellos, con su presunta capacidad crítica, estarían infundiendo a los poderosos: "Infelices. No os temen. Simplemente ya no os necesitan". Parafraseándolo, me atrevería a dirigirme yo ahora a esa otra variante de colegas a los que me he venido refiriendo hasta aquí, y que parecen persuadidos, con injustificada suficiencia, de su capacidad tanto para poner de los nervios al poder como para poner patas arriba los esquemas establecidos de una sociedad, diciéndoles: "Presuntuosos. No tocáis los c… Simplemente emitís un zumbido molesto".

Enllaços externs: