Manuel Cruz: Cuando escuela es el pretexto

“Yo patriotismo, ninguno, de ningún signo, y en las escuelas menos”

En los últimos meses, se ha hablado mucho de la escuela catalana en el Congreso de los Diputados. El motivo han sido sendas mociones, consecuencia de interpelación, presentadas por Ciudadanos y ERC, la primera a propósito del presunto adoctrinamiento independentista en las escuelas públicas catalanas y la segunda también en presunta defensa del modelo de escuela catalana y de la inmersión lingüística, a la que habría que añadir una PNL presentada por el PP que, con la excusa del reforzamiento de la Alta Inspección, intentaba no perder comba respecto a las iniciativas de Ciudadanos sobre este asunto. El mero enunciado del objeto de todas ellas ya muestra el carácter de mero pretexto que tenían los motivos argüidos. Se trataba, en realidad, de utilizar el debate educativo como munición en la batalla política que se estaba librando en aquel momento. Excuso decir que para quienes nos hemos dedicado toda la vida a la educación, ésta es tan trascendental que nos repugna exactamente en el mismo grado que se la utilice en un sentido o en otro, que el arma en la que unos y otros la quieren convertir se dispare en una dirección o en la contraria (o, si me dejan que lo diga así, me trae sin cuidado la sagrada patria en nombre de la que se instrumentalice la educación).                                                                                 

Pero aunque esto, enunciado así, a muchos les pueda parecer obvio en el terreno de los principios, cuando se desciende al terreno de la práctica se diría que no les resulta tan obvio a algunos. Pensemos, por no rehuir uno de los asuntos que mayor polvareda han levantado, en la cuestión de lo que ha dado en denominarse “adoctrinamiento”. No habría que llamar- se a engaño al respecto: quienes adoctrinan siempre lo hacen no porque consideren que el adoctrinamiento como tal es algo bueno o aceptable (todos fingen escandalizarse y rasgarse las vestiduras ante la mera mención de la palabra: a fin de cuentas, adoctrinamiento es siempre, por definición, lo que hacen los otros), sino porque están convencidos de que aquello en nombre de lo que instrumentalizan la educación es un valor que está por encima de todo, incluida la educación misma. Y, claro, muerto Dios (que diría Nietzsche), el gran valor supremo de recambio, la nueva instancia sagrada ante la que no cabe otra cosa que postrarse de rodillas, es en estos tiempos que nos ha tocado vivir la patria. O, cuando no se quiere evocar explícitamente, su extensión más sensible, la lengua.

Tal vez esta última afirmación a los diputados de Podemos, reconvertidos en los últimos tiempos al patriotismo (o al neo-patriotismo, no me ha quedado muy claro) les sobresalte o incluso les desagrade. Pero me permitirán que les confiese una cosa. Siempre me cayó más simpático políticamente Santiago Carrillo que Julio Anguita: qué le vamos a hacer, le veía más fuste al primero, aunque a otros se les salten las lágrimas con el segundo, no me voy a meter con las emociones de cada cual. Y, si no me falla la memoria, fue Santiago Carrillo quien pronunció aquella frase: “dictadura, ni la del proletariado”. Me suelo acordar de ella cuando últimamente escucho a la dirección de Podemos reivindicar el patriotismo. Pues bien, yo patriotismo, ninguno, de ningún signo, y en las escuelas menos. Hasta el punto de que me atrevería a afirmar, parafraseando al que fuera secretario general del Partido Comunista de España: patriotismo, ni el constitucional.

La representada tanto por las dos mociones como por la PNL a las que he empezado aludiendo constituye un manera de hacer política con la que nos enorgullecemos de no estar de acuerdo. Por nuestra parte, entendemos que quienes en este momento ocupamos un escaño,representando la soberanía popular, deberíamos ser el medio al servicio de un fin, el bienestar de los ciudadanos y no al revés, estos el medio al servicio de los coyunturales intereses políticos y de la cambiantes (cuando no erráticas) estrategias de sus representantes. Cuando importan más las patrias que los ciudadanos pasan estas cosas (por ejemplo, que se presentan un tipo de iniciativas que únicamente miran al tendido del propio electorado, en vez de estar pendientes de la escuela, lo único que debería importarnos a todos).