Ignacio Varela - ¿Se puede votar no a Rajoy y no a las terceras elecciones?

Se puede estar contra Rajoy y contra las elecciones. Ese es el dilema de la mayoría de los dirigentes socialistas –y presumiblemente de sus votantes y sus militantes

A veces la política se juega en el territorio de lo menos malo. Esta es una de ellas. Estamos en el territorio del mal menor.

Javier Fernández

Si el Partido Socialista finalmente decide que sus diputados se abstenganen la investidura de Rajoy y los demás grupos repiten su voto del 2 de septiembre, el resultado de la votación será: 170 a favor, 95 en contra y 85 abstenciones (suponiendo que no haya indisciplinas socialistas). 75 votos de diferencia entre el sí y el no.

Me parece un premio excesivo para el PP y un sacrificio innecesario para el PSOE. Mariano Rajoy no merece ganar la investidura con esa holgura. Ni por su gestión en el gobierno, ni por el hedor que emiten él y su partido, ni por su comportamiento durante estos meses de bloqueo, que en algún momento ha rozado la deslealtad constitucional.

En realidad, en este tercer intento de investidura se votan dos cosas: la elección o no de Rajoy como presidente y la repetición o no de las elecciones.

Es cierto que en la práctica ambas cosas se han entrelazado hasta hacer que una dependa de la otra. Pero se trata de dos asuntos conceptualmente distintos. Se puede estar contra Rajoy y contra las elecciones. Ese es el dilema de la mayoría de los dirigentes socialistas –y presumiblemente de sus votantes y sus militantes.

El conflicto que creó Sánchez fue que entre lo inviable (el gobierno alternativo), lo visceral (el no al PP) y lo responsable (dar un Gobierno a España sin repetir elecciones), postergó lo responsable al último lugar y apostó por lo inviable y por lo visceral. Invirtió el orden sensato de las prioridades, y ahora hay que recuperar contra el reloj la senda de la racionalidad.

El PSOE no quiere apoyar a Rajoy, lo que quiere es que no haya elecciones. ¿Es imprescindible abstenerse para evitarlas, o podría lograrse por otro camino?

La dificultad de la operación estriba, como dice un importante socialista, en que el PSOE no es una lancha que gire con facilidad, sino más bien un paquebote que necesita tiempo y espacio para cambiar el sentido de su marcha.

Javier Fernández ha sido claro: el PSOE no quiere apoyar a Rajoy, lo que quiere es que no haya terceras elecciones. Me pregunto: si ese es el propósito, ¿es imprescindible abstenerse para evitar las elecciones, o eso mismo podría lograrse por otro camino?

Ciertamente, abstenerse no es apoyar. Pero tampoco es rechazar, y los socialistas tienen muchas y justificadas razones para rechazar a Rajoy; además, sienten la necesidad emocional de hacerlo. Por eso viven la abstención como una gran frustración.

En puridad, abstenerse en una votación significa una de estas cuatro cosas: a) Desinterés por lo que se decide; b) Equilibrio entre los argumentos favorables y los contrarios; c) Voluntad de atenerse a lo que decida la mayoría de los que sí se pronuncian; d) Carencia de una opinión formada al respecto.

Toda abstención contiene una carga de ambigüedad. Pero los socialistas no son ambiguos ni eclécticos respecto a Rajoy: su opinión es rotundamente negativa. Lo que ocurre es que en sus conciencias pesa más la responsabilidad de superar el bloqueo y evitar las terceras elecciones.

El PSOE puede –y probablemente debe- intentar salvar su “No es No” a Rajoy. Primero, porque está sobradamente motivado. Segundo, porque sus dirigentes lo han mantenido unánimemente (aunque fuera una unanimidad fingida) durante 10 meses. Tercero, para preservar sin mácula su papel de oposición y alternativa de gobierno. Cuarto, para no exponerse a una fractura aún mayor que la que ya sufre. Y quinto, por previsión: si la Justicia condenara al PP por corrupción con Rajoy en La Moncloa, la posición del presidente se haría insostenible.

Pero a la vez, y por encima de lo anterior, el PSOE está obligado a impedir que se repitan las elecciones. Primero, por la salud de la democracia. Segundo, por el interés de España, que no puede seguir bloqueada ni un día más. Tercero, porque es lo que desea la sociedad. Cuarto, porque ha obligado al Rey a hacer un calendario a su medida; y, si esta última ronda de consultas quedara en nada, entonces sí que el PSOE cargaría con el 100% de la responsabilidad. Y quinto, para protegerse de un resultado desastroso que les haga añorar sus 85 escaños de hoy –como hoy añoran los 90 del 20-D.

En mi opinión, es posible evitar las elecciones sin que el PSOE tenga que violentarse con una abstención que le repugna. Basta con votar siempre No a la investidura de Rajoy, con una salvedad:

En la primera sesión, 85 diputados socialistas votarían No a la investidura. Ahí quedaría fijada la posición ante la candidatura de Rajoy. En la segunda, 74 diputados repetirían su voto negativo y 11 se ausentarían de la votación. Ahí se expresaría la decisión de hacer posible la gobernabilidad y frenar la convocatoria electoral.

Habría que explicarlo públicamente en estos términos, sin complejos. No confiamos en Rajoy y rechazamos su candidatura. Pero tras un año de parálisis, España necesita un Gobierno sin forzar unas elecciones que serían dañinas para el país y tóxicas para la democracia. Con esa única finalidad, ordenaremos a 11 de nuestros diputados que no participen en la segunda votación. Ello no implica apoyo al candidato ni, por supuesto, compromisos ulteriores (estos, en todo caso, tendrán que negociarse uno a uno y día tras día, como corresponde a un gobierno minoritario).

Hacer eso no sería vergonzante. Al revés, creo que sería digno. Tiene una explicación política clara: la democracia y la gobernabilidad. Limita el sacrificio, porque es menos traumático sacar a 11 diputados de la sala que obligar a 85 a hacer lo que no desean hacer. Y se ajusta a la verdadera posición del Partido Socialista: contra Rajoy y contra las terceras elecciones, dando prioridad a lo segundo sobre lo primero.

Tampoco sería algo inédito. Antes de 1982, el propio PSOE lo hizo en numerosas ocasiones para evitar que el gobierno de la UCD fuera derrotado (que se lo pregunten a Alfonso Guerra o a Manuel Marín). En la Cámara de los Comunes británica es casi una regla de cortesía que el partido de la oposición retire a los diputados necesarios si el gobierno se ve accidentalmente en minoría antes de una votación. Existen cientos de ejemplos de decisiones similares, por razones tácticas, en sistemas multipartidarios. Es puro parlamentarismo en acción.

Si se hiciera de esta manera, el resultado de la segunda votación sería: 170 votos a favor, 169 en contra y 11 ausencias. Ganar por uno, en el último segundo y gracias al patriotismo del rival: ni Rajoy se ha hecho acreedor a más ni los socialistas están obligados a darle más, siempre en ese “territorio del mal menor” del que habla sabiamente Javier Fernández.