El catalanismo y España - Jordi Font

Deberíamos tomar lección de nuestro pasado y no conformarnos con movilizar tan sólo a medio país tras una ideología maximalista

El catalanismo es el diferencial producido entre la nación catalana, reencontrándose a sí misma en el espejo de la revolución industrial, y el Estado español, hecho a la medida de la nación castellana y de un imperio ya en decadencia. Y es que el viento del progreso que sopló en Francia y que dio cuerpo a la nación francesa, en España tardó una eternidad en llegar, mientras que, en Catalunya, lo hacía mediante el catalanismo, de amplísima y antigua base popular, manufacturado políticamente, primero, por la burguesía y, después, por el republicanismo de izquierdas.

Luego, el tardío acceso a la democracia y al autogobierno catalán, interrumpido por la tétrica noche franquista, supondría la máxima explicitación de este diferencial e iría poniendo en evidencia la disfunción de un Estado que, ya democrático, seguía sin tratar en pie de igualdad a las naciones que incluía -ni tampoco a sus lenguas y a sus culturas-, sino que las reducía a un esquema regional homogeneizador, mientras porfiaba en un mal disimulado asimilacionismo, desde sus políticas educativas y lingüísticas hasta sus planes de infraestructuras radiales. Éste es el grave problema de fondo que la política española arrastra y se resiste a abordar, en contradicción con el pacto constitucional de 1978 que distinguía entre “nacionalidades y regiones”.

El catalanismo, no obstante, en sus etapas sucesivas, nunca hizo abstracción de España ni se planteó en su contra. Francesc Cambó, al frente de la burguesía catalana, siguiendo con la hamletiana imagen que de él diera Niceto Alcalá Zamora, se decantó más por ser el Bismark español que el Bolívar catalán, aunque sin conseguirlo. Frente a ello, precisamente, se alzó la figura de Francesc Macià, el anti-Cambó del pueblo llano. Tampoco él, sin embargo, se situaría contra España. Estuvo en el Pacto de San Sebastián y, llegado el interregno del 14 de abril, proclamaría su anhelada “República Catalana como Estado integrante de la Federación Ibérica” e, inmediatamente, se avendría a permutarla por la instauración de la Generalitat contemporánea (actualización democrática de la Generalitat medieval, disuelta por Felipe V en 1714), para acompasarse así con los ritmos que realidad española requería.

También Lluís Companys, en octubre de 1934, en pleno ascenso del fascismo en Europa y de la CEDA en España y en sintonía con el insurreccionalismo del PSOE y de la revolución de Asturias, proclamaría el “Estado Catalán de la República Federal Espanyola”, llamando “a los dirigentes de la protesta general contra el fascismo (…) a instaurar en Cataluña el gobierno provisional de la República”. En 1937, la campaña en ayuda militar y humanitaria al Madrid asediado alcanzaría una especial emoción en Cataluña, siendo una de sus expresiones el famoso cartel con el lema “Defensar Madrid és defensar Catalunya”.

Macià i Companys, pues, en momentos de transición radical y de máxima audacia, junto a la voluntad de conseguir el máximo autogobierno posible para Catalunya, compartieron sin duda dos móviles fundamentales en su condición de luchadores por la democracia y la justicia:

1. La solidaridad con los republicanos españoles, con la asunción de la cuota de responsabilidad que correspondía a Catalunya respecto del conjunto español. La burguesía catalana había sido corresponsable del régimen de la Restauración, con su proteccionismo para con la industria textil catalana, junto a los financieros del norte, los terratenientes del sur y los militares del centro, y no cabía ahora desentenderse de los pueblos hermanos que también habían sufrido la represión, puede que no en clave nacional, pero sí en clave económica y social, tanto o más sangrante. No asimilaron el nombre de España a la reacción, sino a sus mejores y más avanzadas expresiones, como suele hacerse con aquellos a quienes se quiere bien: uno no se recrea en sus miserias, sino que ensalza sus virtudes, tratando de estimularlas. Desacuerdos, sí. Incluso graves desacuerdos. Pero nunca la excitación de este fácil reflejo etnicista que los humanos llevamos dentro. Nada parecido al “todos son iguales”, a la desabrida “desconexión”, al bochornoso “bote, bote, español el que no bote” y a tantas otras expresiones degradantes.

2. La unidad civil catalana como piedra angular de la nación catalana y como condición inexcusable de su futuro. No bastándoles con haber neutralizado al lerrouxismo y con una aceptación pasiva de la realidad catalana por los venidos de fuera, sino entendiendo que una nación sólo puede ser fruto de una integración activa, mediante la identificación de todos en un proyecto compartido, transformador, abierto a la identidad de cada cual y potente generador de identidad común. Es aquella concepción de Rafael Campalans: Catalunya no son solo las glorias pasadas, el recuerdo sagrado de nuestros muertos, Catalunya es “un afán (un ‘deler’) regenerador que se contagia a todos los hombres y mujeres que en ella viven”. Y ello, dada la procedencia de tantos, no era algo que pudiera hacerse “contra España”.

Eran dirigentes de altura, forjados en el combate solidario contra la represión nacional y contra la represión social. Eran gente vacunada de antemano contra lo que empezaba a asomar en Europa para vergüenza de la humanidad entera. Deberíamos pensar más en ello.

La política española, ciertamente, está en grave deuda con Catalunya desde la sentencia del Estatut, asimilada a un “golpe de Estado” por Javier Pérez Royo, uno de los decanos del constitucionalismo español, en la medida en que, con ella, se liquidaba “la constitución territorial española”, ese delicado equilibrio implícito dentro del pacto constituyente y que se basaba en dos principios simétricos: Catalunya no puede imponerse a España (por ello, renuncia al derecho de autodeterminación esgrimido en la resistencia) y España no puede imponerse a Catalunya (por ello, establece el referéndum estatutario catalán como última palabra frente a lo que pudieran aprobar las Cortes españolas). Resulta incomprensibles que, después de siete años de haberse perpetrado semejante estropicio, el gobierno español no se haya dignado todavía hacer la más mínima propuesta superadora. Ni generosa ni avara. Nada. Frente a los resultados electorales en Catalunya y a unas manifestaciones sin precedentes que han sido noticia en el mundo entero, tan solo ese espeso silencio propio de quienes parecen fiarlo todo a la vigencia del “derecho de conquista”, sin haber entendido aun que, en democracia, no se puede vencer sin convencer.

Ello no justifica, sin embargo, la lógica del desentendimiento de Catalunya, porque España no son sólo sus gobernantes. El desprecio étnico que prolifera en algunos ambientes, semejante a la denunciada e inversa “catalanofobia”, nos hace mucho daño en España y nos hace mucho daño en Catalunya. Ningún patriota catalán puede ignorar lo esencial que es para la nación catalana garantizar su unidad civil, una unidad civil activa, que no puede venir dada sólo por la ausencia de conflicto, sino que ha de fraguarse en la implicación activa de todos en una meta de futuro amplia y compartida. Porque las naciones se hacen y se deshacen. Deberíamos tomar lección de nuestro pasado y no conformarnos con movilizar tan sólo a medio país tras una ideología maximalista. Tal vez le convenga a alguien, pero no le conviene para nada a Catalunya. A ésta, le hace falta ser causa común de la inmensa mayoría de los catalanes. Y reunir la fuerza que sólo da la máxima unidad posible.

 

Jordi Font, 24 de maig de 2017, La Vanguardia