Casado, Puigdemont, dejadnos soñar....

Col.laboració de Manuel Zaguirre, exsecretari general d'USO i militant del PSC

Tras el pretendido “referéndum” de secesión del 2014, escribí un artículo de unas 15 páginas de inacabable título: “Catalunya/España, 9 Noviembre 2014, sólo los imbéciles pelean por ver quién llega antes al abismo”. Se publicó íntegro en mi penúltimo libro, “A vueltas con la solidaridad y la esperanza”.

Como se deduce del título, sostenía yo que las cosas estaban llegando muy lejos y que debían ser reconducidas, a través del diálogo y la negociación, a un acuerdo histórico que impidiera lo peor. El bloqueo y la confrontación eran, y siguen siendo, indeseables en tanto que caminos cegados a toda salida, pues el 30% del censo electoral de Catalunya, unos dos millones de personas, no van a imponer jamás al resto de catalanes y españoles, bastantes millones más, la secesión de Catalunya, ni esos dos millones de secesionistas van a evaporarse –no tienen porque en una sociedad democrática- o se les va a encarcelar, como tal vez le gustaría a algún otro demente.

Cuán equivocado estaba hace casi cuatro años  cuando escribí aquel largo artículo. Porque han habido sobredosis de imbecilidad y de peleas hacia el abismo en estos años, provocando tensión, angustia y fractura sin precedentes, a partir sobre todo de las fantochadas secesionistas de Septiembre y Octubre del 17, a las que el Estado democrático respondió con la legalidad constitucional, gestionada por Rajoy con el inmovilismo y la torpeza ya endémicas y el traspaso de la iniciativa y el protagonismo a funcionarios judiciales manifiestamente mejorables, jurídicamente hablando, que han nutrido el victimismo secesionista como la última coartada que les queda tras abjurar de sus aventuras -lo de la independencia era de broma, jugábamos al póquer de farol- ante la legal y legítima intervención del Estado democrático en evitación de males irreparables.

En estos años de tanto despropósito, mentiras, cinismo, irresponsabilidad y certeza del desastre, la ciudadanía democrática y progresista tomamos plena conciencia de lo que había y hay en juego: 1) Que Catalunya puede perder su autogobierno, su autonomía, por un largo periodo histórico, con las consecuencias dramáticas inherentes, 2) Que el conjunto de España pueda ser hegemonizada por la derecha extrema, con ribetes de milonga liberal, por efecto reactivo del secesionismo catalán; un horizonte de regresión histórica que no merecemos.

De esa certeza del doble desastre interrelacionado, además del aire nacional irrespirable por la corrupción, surge la mayoría parlamentaria que legal y legítimamente pone a Pedro Sánchez al frente de un gobierno progresista. Y no es por casualidad que una de las primeras iniciativas de ese gobierno fuera abrir el diálogo con el de la Generalitat de Catalunya. Porque no quiere seguir dando pasos hacia el abismo y, por el contrario, quiere un buen acuerdo mejor que una imposible “solución”. Y no es por casualidad tampoco que una parte notable del secesionismo –ERC, sectores de la extinta Convergencia, que nunca fueron independentistas ambos en origen, conviene recordarlo- se manifiesta dispuesta al diálogo y al acuerdo convivencial, porque se cansaron de hacer el imbécil y de correr hacia el abismo.

Y los demócratas en general, y los progresistas en particular, nos pusimos a soñar  que la esperanza es posible. La esperanza en la convivencia fraterna en esta España y en esta Catalunya nuestras; la esperanza en el progreso, la solidaridad y la justicia social, tan quebrantadas en ambas.

Pero hay gentes empeñadas en abortar nuestros sueños e imponernos sus peores pesadillas. Digo esto a cuenta de dos acontecimientos entrelazados del pasado fin de semana. De una parte, el PP lanza un nuevo lider, Casado, que lo tiene todo de Aznar salvo la edad, el bigote y los abdominales (y la fortuna, por ahora), con ausencia del menor atisbo de autocrítica, sosteniendo que lo apeó del poder una conspiración judeo-masónica, ignorando que la gota que colmó el vaso y activó la moción de censura, parlamentaria y constitucional, fue una sentencia judicial que declaró al PP culpable de corrupción a título lucrativo y afirmaba sin ambages que su presidente, Rajoy, mintió en sede judicial (la cosecha futura de esas sentencias va a ser prolija), mintiendo o exagerando sin pudor sobre el balance de su gestión en 6 años de gobierno (llegó Rajoy, en encendida despedida, a atribuirse el final del terrorismo). En este clima de triunfalismo acrítico, negación del menor intento de renovación y regeneración, emerge un joven-viejísimo lider, fruto de unas exóticas “primarias” en las que el voto de los afiliados -7% del censo oficial- no vale nada frente a de los compromisarios-aparato. Que vende viajes al pasado autoritario con leyes electorales absurdas para asegurar  la mayoría absoluta a las derechas a como dé de sí. Con amenaza de derogar leyes que han sido grandes avances de igualdad civil para mujeres u otros colectivos secularmente discriminados, con arrogante desprecio a los miles y miles de compatriotas -y sus familias- vencidos y perdidos por las cunetas y los barrancos de España, con nuestro Federico García Lorca al frente, que amenaza con bloquear el aumento de gasto presupuestario que el gobierno progresista ha concertado con la Unión Europea, con la finalidad de aliviar o mejorar la precariedad social y humana de nuestros sectores más desfavorecidos, que garantiza confrontación sin medida ni margen alguna al diálogo entre catalanes, convencido el muy insensato de que eso da muchos votos en el resto del España –maldito voto cuando sale de nuestros peores instintos cainitas-, y con suicida olvido de que ahondar la fractura dentro de Catalunya y entre una parte de ésta y el conjunto de España no puede llevarnos a nada bueno … Qué prenda de congreso y qué prenda de lider del “nuevo PP”.

De otra parte, y en las supuestas antípodas ideológicas, Puigdemont, el prófugo de oro de inconfesables apoyos y financiamientos de lo peorcito de Europa, trata a su. grey secesionista como lo haría un caudillo pero en formato cibernético y a distancia. Lanza un invento, el enésimo, de horribles resonancias, “llamamiento nacional”, y con un indisimulado estilo totalitario conspira para que todos los secesionistas le rindan vasallaje en el “llamamiento”, un artefacto sin programa ni ideología, nacionalismo supremacista y etnicista en estado puro. Dirige con mano de hierro el congreso de los despojos de la Convergencia fundada por Pujol, con Artur Más ya ajusticiado por el caudillo, pone en fuga y humilla públicamente a la presidenta de esos despojos, Marta Pascal, una independentista racional con el pecado irredimible de haber apoyado la elección parlamentaria del gobierno progresista de España. Puigdemont, como un ventrílocuo siniestro, hace decir a sus muñecos que ese gobierno está amenazado por ellos y que, muy probablemente, no hubiera sido electo Pedro Sánchez de haber tenido ellos el control del partido que acaban de domeñar. Como botón de muestra anuncian que no votarán en el Parlamento nacional a una excelente profesional progresista e independiente, Rosa María Mateo, para dirigir la Radio Televisión Española, RTVE, provocando así una derrota parlamentaria del gobierno de gran calado político (tal vez, Puigdemont y sus muñecos están pensando en proponer al director de la televisión pública catalana, TV3, un arribista valenciano que hace méritos a base de convertir esa televisión pública  en un mero agit-prop del independentismo …) Y lo que es peor, y lo resume todo: Puigdemont conspira a para someter también a ERC en su “llamamiento nacional” (la CUP se autosomete porque es una “extrema izquierda” que adora a la derecha extrema de Puigdemont), sin más programa ni ideología ni vocación alguna de diálogo que el rechazo a España por ser un universo de seres inferiores (sic), el rechazo y/o el desprecio a las casi 2/3 partes de la población de Catalunya, porque no son catalanes, lógicamente; son apenas un incidente poblacional del último siglo que, hay que ver, supuso duplicar ampliamente la población  de Catalunya… O sea, tensión, confrontación, desencuentro, fractura civil, inestabilidad, mentiras y miedo al futuro y leña, mucha leña eso sí, a España, que eso da votos en abundancia en Catalunya.

No quiero seguir ahondando en similitudes y confluencias siniestras porque me pongo de mala leche. Pero no puedo por menos, como suelo hacer, que echar mano del rico refranero español con aquello de que los extremos se tocan, aunque en este caso se toquen a palos las derechas nacionalistas supuestamente antagónicas de Catalunya y del conjunto de España.

Aviso a navegantes para ir cerrando: Las fuerzas y las gentes democráticas y progresistas sabemos que nuestros sueños son casi lo único y lo mejor que tenemos. Sueños humanistas de libertad, justicia, igualdad y dignidad universal. Y muchos de nosotros aprendimos a soñar desde muy jóvenes y a luchar por defender ese derecho y por materializarlo en la vida cotidiana de nuestra gente laboriosa y digna y nuestra tierra, Catalunya, España, indistintamente. Y vamos a pelear, y a transmitir esa vocación y esa técnica por la buena pelea a las nuevas generaciones, en el terreno del pensamiento y la acción, de la cultura, del testimonio ético, del mejor quehacer cotidiano de nuestros partidos, sindicatos y asociaciones múltiples, en la cancha de los centros de trabajo o los educativos, en las calles, en las urnas, en la vida … Y vamos a hacerlo con las armas insustituibles de la legalidad democrática, de nuestra unión y solidaridad, de nuestro internacionalismo, de nuestra apuesta permanente por el diálogo y la concordia. Porque todo será necesario, si es legal y legítimo, para parar y disolver esta fenomenal regresión histórica que pretende imponerse en Catalunya, en España, en Europa.

Pues no.