Anton Costas - Mala política, ¿buena economía?

¿Perjudica el bloqueo político la continuidad de la recuperación de la economía española? Esta es una pregunta que se nos hace a los economistas de forma recurrente en estos últimos meses.

¿Perjudica el bloqueo político la continuidad de la recuperación de la economía española? Esta es una pregunta que se nos hace a los economistas de forma recurrente en estos últimos meses. De la misma forma, se nos pregunta con insistencia si el llamado “proceso de desconexión” impulsado por los independentistas catalanes está debilitando el dinamismo de la economía catalana.

La respuesta, en ambos casos, es que no. Al menos a corto plazo. Esta ausencia de perjuicio económico no deja de ser una sorpresa para todos. Incluidos los centros e institutos de previsión económica, tanto españoles como internacionales, que están revisando al alza el crecimiento español para el 2016. El último en hacerlo ha sido el Fondo Monetario Internacional hace unos días.

Parece como si la economía se hubiera decidido a tirar por su cuenta, al margen de la política. Algunos han llegado a sugerir que su buena marcha quizá se deba precisamente a esa ausencia de iniciativa gubernamental y parlamentaria. Pero conviene no banalizar la influencia de la política para una buena economía. Ahora volveré sobre esta cuestión.

Pero ¿por qué el tono de la economía es mejor de lo pronosticado y no se resiente de la inestabilidad política? Al margen de los “vientos de cola” procedentes del exterior (precios del petróleo, tipos de interés bajos como consecuencia de la nueva política monetaria laxa del BCE y tipo de cambio del euro), hay varias razones in­ternas.

Una es el efecto rebote. Toda economía que se desploma tarde o temprano toca fondo y rebota. Ese efecto se inició en el 2014. Cuanto más intensa haya sido la caída, más fuerte acostumbra a ser el rebote. El desplome de los precios de los activos españoles había sido excesivo. La recuperación se ha apoyado en el aprovechamiento, especialmente por inversores extranjeros, de las oportunidades derivadas de ese desplome excesivo del precio de los activos.

Otra es el efecto riqueza de las familias. El aumento del empleo y, especialmente, el del precio de los activos inmobiliarios ha impulsado fuertemente el consumo en el 2015 y el 2016. Hay que tener en cuenta que en España más del 80% de primeras residencias son de propiedad y están totalmente deshipotecadas. A diferencia del resto de Europa, las familias (españolas) ahorran más en vivienda que en cuentas corrientes. La recuperación hace que mejore la confianza de las familias y que se produzca un efecto riqueza que tira del consumo.

La tercera razón es la fortaleza competitiva de una parte del tejido empresarial. No todo fue una fiesta, como muchas veces se ha dicho, durante los años de expansión del crédito. Muchas empresas aprovecharon para hacer un importante esfuerzo de modernización. Esa productividad y competitividad ha estado durmiente durante un tiempo. Pero se ha activado a partir de la crisis. El buen comportamiento de las exportaciones de bienes y servicios de alto valor añadido es un excelente indicador. Esta mejora de productividad no se ha agotado, puede crecer con el aumento de la dimensión de las empresas y del tamaño del mercado exterior. Muchas inversiones extranjeras están entrando en empresas españolas para aprovechar esta potencialidad.

¿Puede durar este ciclo de crecimiento? Sí, siempre que el consumo y la inversión no se debiliten. ¿Hasta cuándo? Hace unos días escuchando una interesantísima intervención de Antonio Huertas, el presidente de Mapfre, en el Cercle d’Economia, surgió una respuesta a esta cuestión. Según su opinión, la economía española aún tiene “pólvora para doce o catorce meses”. Hasta ahora ningún proyecto de inversión se ha bloqueado por la situación política. Pero su temor es que si más allá de esas fechas no hubiera un gobierno estable, la economía se resentiría.

Este análisis es importante para llamar la atención sobre dos riesgos. El primero es comportarnos como los “idiotas” de Aristóteles. Es decir, caer en la tentación de que, como la economía va bien, banalicemos la importancia de la política y nos refugiemos en la vida privada, ya sea particular o empresarial. El resultado sería dejar que gobiernen los corruptos y las castas internas de los partidos. En este sentido, el segundo riesgo es que la política siga secuestrada por la rabia y las preferencias de los militantes y los dirigentes de los partidos, más que por los intereses generales.

La política en este momento no representa el bien público. No habrá estabilidad en la política española si no se afrontan los problemas reales. Entre ellos, el problema territorial. Lo mismo se puede decir de la política catalana. La continuidad del frentismo y de las decisiones unilaterales impide la estabilidad. Si no se encauzan esos dos rumbos, la mala política acabará con la buena economía.

Antón Costas, 21 de setembre de 2016, La Vanguardia